Decidí emigrar. | Historia de Éxodo Venezolano #2

Todo proceso de separación, de uno con su país, es fuertemente emotivo. Siempre pensaba en todo lo que iba a extrañar de Venezuela: Mi familia, mi madre y mis hermanos, mis amigos y la comida; esas ricas arepas y empanadas con guisos espectaculares, las cachapas con queso de mano, el pabellón criollo, el pasticho de mi mamá y las arepas de harina de trigo. Las mujeres, hermosas y despampanantes mujeres Venezolanas que te roban esas miradas mientras vas caminando por la calle, por lo sexy que son, por lo únicas que son, el clima y su gente…

Esto fue lo que empecé a sentir en enero del año presente. Cuando llegue de mis vacaciones en Mérida, después de haber pasado lindos momentos con mi familia y amigos, de haberme unido tanto a lo bonito de Venezuela, la sensación de vacío se empezó a sentir; pero al mismo tiempo generó otra sensación, que era una mezcla de entre emoción y miedo. Empecé a planificar todo el hecho que agrupaba mi partida para siempre de Venezuela: buscar información sobre los tramites que debía hacer con todos mis papeles para que tuvieran validez en el exterior, pensar como le iba a decir a mi jefe que iba a renunciar unos meses después, planificar la venta de las pocas cosas que había adquirido, pasar por el proceso de compra del pasaje (lo cual me tenía muy angustiado), en fin, dejar todo listo para salir limpio de mi país; quería comenzar bien, y para comenzar bien un capítulo de tu vida, tienes que cerrar bien el otro.

Yo trabajaba en la Ciudad de Guarenas, que queda a 40 minutos aproximadamente de Caracas, la capital, donde se supone que debía hacer todos mis tramites. Sabía desde ese entonces que tendría que ir demasiadas veces a Caracas, lo cual implicaba un proceso complejo de transporte por el tiempo que tardaría en ir y venir, cumplir con mi horario, y a su vez poder realizar todos los trámites necesarios con mis papeles. Pero estaba tranquilo porque tenía una moto, que, en esta ciudad tan caóticamente congestionada y pequeña, era un método de trasporte rápido, aunque bastante inseguro y peligroso. Trataba de no pensar en las posibilidades de que, algún día, un camión me atropellara mientras manejaba hacia Caracas, o que, una vez estando en la ciudad, algún malandro me diera dos tiros para quitarme la moto. Mi único objetivo era cumplir el proceso con los papeles, conseguir pasaje, vender mis cosas y dejar todo listo en mi trabajo para poder marcharme en paz.

No sé si fue Dios o el destino, (porque siempre he pensado que vivimos en una mezcla de la teoría del destino con la teoría de Dios, es decir, que el destino ya está escrito, pero que nosotros, con el libre albedrio que Dios nos proporcionó, podemos detenernos, borrar algo y volverlo a escribir); fue quien me protegió de tales atrocidades. Naturalmente, ni me atropelló un camión, ni me dieron dos balazos, por eso le agradezco a Dios pues decidió escribir mi muerte de otra manera; pero si pase muchos sustos y el peligro fue latente. Esto tiene sentido, tomamos decisiones sobre una vida que se supone es de una manera, y con esa decisión, sin darnos cuenta, la cambiamos en su totalidad. Como dijo Juan Zunzunegui: “Todo fue como debió ser, y no pudo ser de otra manera”.

Las últimas semanas de enero, para empezar a hacer todos estos trámites, evidentemente comencé a faltar al trabajo. No podría ocultarle a mi jefe durante muchos meses que iba a irme en algún momento teniendo todas estas faltas, y decidí hablar con él. Mi jefe fue una persona que me enseño mucho acerca de los valores que tenemos como personas ligadas al trabajo, se sintió orgulloso de que yo tomará esa decisión, y más, que le avisará con meses de anticipación, de modo que, pudiera buscar tranquilamente la persona que me sucedería en el cargo. Mientras todo esto ocurría, mi tiempo para escribir se vio reducido y empecé a disminuir la frecuencia con la que lo hacía. Teniendo este trabajo poseía una libertad que me encantaba: poder escribir y usar las redes sociales con total libertad, de modo que, como ustedes sabrán, publicaba frases y contenido en mis redes casi de forma diaria y eso me mantenía contento. Así comenzó esta ausencia desmesurada que intentaba justificar con algunos párrafos inverosímiles y un poco pobres que publicaba para mis lectores. En realidad no tenía ganas de escribir, sentía miedo, emoción y odio a la vez por todo lo que pasaba en mi país, si escribía, solo iba a decir babosadas que no le iban a interesar a nadie, era escribir más de lo mismo, pura mierda política.

Me olvide por un momento de la escritura y de mis redes sociales, y seguí. Pasando las semanas iba a avanzando lentamente con todos estos objetivos. Todo fue engranándose como las piezas perfectamente sincronizadas de un reloj suizo. Unos amores iban durmiendo y otros despertando, mi corazón intentaba mantenerse neural ante cualquier emoción, de cualquier cosa, intentaba mantenerse a la expectativa de lo que podría pasar, y con dificultad lo lograba. Recuerdo, una madrugada a eso de las cuatro de la mañana, cuando iba manejando en mi moto por la cota mil rumbo al registro principal de Caracas (a 110 kilómetros por hora), como transcurría mi vida de una forma tan efímera. La velocidad a la que iba disminuyó en mi mente, pensaba en lo que yo era, en lo que había sido y en lo que me convertiría; mire a la izquierda, pude ver la ciudad que me había hecho crecer durante tres años y supe que la iba a extrañar; no por la ciudad que era, sino por el momento… por ese momento donde todo casi se paralizó, y recordé todo lo que había vivido en ella. Me estremecí… regrese a los 110 kilómetros por hora, al frio, y al amanecer acariciando lentamente la noche para que se fuera.

Era imposible conseguir boletos de avión en bolívares, el gobierno tenía una deuda multimillonaria con las aerolíneas, que a su vez, empezaron a bajar sus ofertas comerciales en el país (y a cerrar sus oficinas para empeorar la situación), lo cual hacia casi imposible conseguir un pasaje. En algún momento, mi tía consiguió a alguien que podría tener una oferta de vuelo, recibí su correo a las seis de la mañana donde me indicaba que debía pagar el pasaje antes de las tres de la tarde ese mismo día para poder reservar el vuelo Caracas – México D.F. – Caracas, me levanté de un salto y empecé a arreglarme para ir al trabajo. Apenas llegué, encendí la computadora e hice el pago. ¡Estaba sumamente emocionado y feliz! Ya era literal, el itinerario marcaba como fecha de partida el 27 de abril del 2014, esa era mi fecha del supuesto cambio. Fui constante, perseverante e inteligente, logré agilizar mis trámites con rapidez. En cada Ministerio era una fila descabellada de gente haciendo lo mismo que yo, en cada Ministerio era una nueva amistad temporal con el que estaba delante o detrás, esperando igual que yo, su turno. Era necesario hacer esta amistad por dos razones: 1.- Para no morir de sueño mientras esperabas, 2.- Para conocer el porqué del otro que también quería emigrar: los “por qué” resultaron ser siempre los mismos, y las razones también.

En semana santa, antes de la partida, viajé de nuevo a Mérida, a Tovar mi pueblo natal para pasar toda esa semana junto a mi familia. Disfruté todo lo que pude de mis hermanos, ni sobrino y mi madre, además con mis amigos de toda la vida. De vuelta a Caracas, empecé a ir casi a diario a la ciudad para poder terminar mi papeleo a tiempo. Al final, después de un trámite y otro, dos semanas antes de la partida, logre legalizar el último papel que me faltaba. Fue un proceso tedioso y estresante, siento que tuve mucha suerte, porque logré hacerlo todo de una manera más rápida y efectiva que otras personas, que estaban pasando por el mismo proceso.

La última semana en el país estuvo llena de emociones encontradas. Sentía que ya los extrañaba a todos. Es esa sensación que tiene todo el mundo por las personas que quiere, que fueron parte de su vida, y quizá lo serán siempre. Además la sensación de miedo y emoción que me aplastaba cada día y no me dejaba dormir cada noche. Todo nuevo, algo diferente, nueva vida, nuevo ambiente, nuevo amor, todo estallaba en mi miente como el choque de los átomos al fusionarse… Sentía que quería explotar.

El despertador sonó a las 3:15 am… El taxi rumbo al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar llegaba en quince minutos. Me desperté, mi ritmo cardiaco acelero tanto que perdí el frío y el miedo, estaba poseído por un pseudo-automatismo, no sentía nada, no pensaba nada, solo me movía rápidamente, miraba aquí y allá, bajaba las escaleras, decía adiós, metía mis maletas en el taxi, veía por última vez las luces de la madrugada de Caracas y las nubes con tonos celeste-anaranjados de fondo.

3 comentarios:

  1. La mejor decisión, acá nuestra Venezuela va de mal en peor, siempre he leído tus líneas, tenía tiempo que no ingresaba y me alegra que hayas tomado esa decisión, un abrazo de este Venezolano que está en el proceso de marcharse tambien de nuestra Venezuela. Saludos

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